Santo Tomás colaciona la herencia agustiniana y aristotélica y las armoniza para dar lugar al monumental edificio intelectual que será el paradigma dominante durante cuatro siglos y medio. Indudablemente, si ello significa, en sentido estricto, una ruptura o un desarrollo de la filosofía precedente es un asunto de poca importancia, si tenemos presente que el aporte del tomismo promovió debates inadmisibles en el marco del paradigma anterior que, a la postre, ayudarían a promover la libre investigación y el avance de la ciencia. Hay que tener presente, para cabal comprensión del tomismo y, en general, de los intelectuales del siglo XIII, que –gracias a una nueva generación de traductores- se agrega ahora al contexto del pensamiento un Aristóteles metafísico, físico y moralista. Y a caballo de Aristóteles, aparecen dos tendencias: la de los averroístas, quienes cuando ven una contradicción entre las sagradas escrituras y Aristóteles, la aceptan y quieren seguir tanto a una como a otro (doctrina de la doble verdad) y la de los doctores dominicos San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, quienes quieren conciliar Aristóteles con las sagradas escrituras.
En orden a la relación entre razón y fe, Santo Tomás introduce una nueva perspectiva, que permite asignarle validez a cada esfera, dentro de los límites de sus respectivos ámbitos. Acorde con esta reformulación, la razón y la fe reconocen relaciones recíprocas. La relación positiva consiste en que la verdad trascendente surgida por la Revelación es susceptible de demostración racional (por ejemplo, el argumento ontológico de la existencia de Dios) y como la existencia de Dios debe ser demostrada, hay que interrogar a la experiencia exterior, a los seres insusceptibles de fundamentarse a sí mismos, para pasar a abordar luego el fundamento que da cuenta de ellos, que parte de un ser único, absoluto y eterno que explica la realidad. La relación negativa radica en la no pertinencia de una contradicción entre razón y fe, ya que de admitirla -como ambas proceden de un idéntico principio, que es Dios- se seguiría la afirmación de la contradicción en Dios, lo cual es insostenible.
El universo de Santo Tomás es tributario del pensamiento aristótélico, pues, tal como hemos expresado en la clase anterior, su realismo niega la existencia de ideas separadas de las cosas (se aparta, en este sentido, de la doctrina agustiniana, basada en la doctrina platónica de las ideas). Por ello, no puede apreciarse con justeza su contribución si se omite que la misma está orientada por el dispositivo causal de la filosofía de Aristóteles. La acción humana en su despliegue está regida por su finalidad causal. El fin del hombre es el bien, aunque no siempre pueda advertir en el discurrir de la vida cuál es el bien real y cual el aparente. La misión de la moral es, precisamente, iluminar en la complejidad de las situaciones humanas, ayudar a discernir cual es la acción apropiada en cada caso, distinguir que acción es buena y cual no. También en lo que hace al estudio de las virtudes, Santo Tomás sigue a Aristóteles, pero añade a las virtudes examinadas por el Estagirita las virtudes teologales, que son producto no de la razón natural sino de la acción de la gracia.
Para Santo Tomás todas las cosas están sujetas a la medida de la ley eterna, pues aquellas la llevan impresa en orden a sus inclinaciones hacia actos y fines. Entre todos los seres, el hombre es quien está dirigido de modo más excelente por la divina providencia, en cuanto el mismo está bajo su dirección y a la vez dirige las cosas para su propio bien y el de los demás. El hombre, en consecuencia, participa de la ley eterna, pues se inclina naturalmente a la acción debida en sus propios actos y fines. Esta participación es la llamada ley natural, cuya universalidad e inmutabilidad le es comunicada por la ley eterna. La ley natural, sin embargo, se refiere específicamente a la acción humana, siendo cognoscible racionalmente. A partir de los preceptos de la ley natural, la razón natural habrá de proceder a obtener leyes particulares. Estas determinaciones particulares son las leyes humanas. Siguiendo a San Agustín, considera que la ley humana es ley en cuanto se deriva de la ley natural y, por lo tanto, si en algún caso se contrapone a la ley natural, ya no es ley sino corrupción de la ley.
Después de la muerte de Santo Tomás de Aquino (1274), se desató una gran ofensiva contra el aristotelismo. El momento de culminación fue la doble condenación pronunciada en 1277 por el obispo de París, Esteban Tempier y por el Arzobispo de Canterbury, Robert Kilwardby. En el contexto de esta ofensiva, fueron condenadas por heréticas tesis propiamente averroístas como algunas vinculadas más o menos a las enseñanzas de Santo Tomás. El más importante de los averroístas, Siger de Brabante, terminó en la miseria y probablemente haya sido asesinado. No obstante, el debate entre razón y fe –a pesar de las persecuciones y condenaciones- habrá de contribuir a la formación de la impronta y el ideal del intelectual laico.
Daro Esquivel


Profe muy bueno el blog, nos ayuda a entender la filosofía con un lenguaje más comprensible a los que estamos empezando a sumergirnos en la filosofia del derecho.