Vale la pena considerar, antes de seguir adelante con la exposición de los problemas que ofrece la Escolástica a la Filosofía del Derecho, una serie de temas que constituyen el presupuesto para la cabal comprensión del pensamiento medieval. Para ello se debe considerar en primer lugar la doble influencia de la paideia griega y el pensamiento del cristianismo antiguo, que es fundamental en orden al anclaje teórico del debate relativo a la relación entre razón y fe en la Edad Media.
En este sentido, hay que tener presente que la noción de trascendencia contenida en la doctrina cristiana habrá de modificar la concepción de lo divino, así como las nociones de bien, virtud, verdad y justicia. Este viraje impulsado desde la Escritura, pasando por los primeros Padres de la Iglesia, cristalizará en las grandes contribuciones de San Agustín y Santo Tomás. Pero, asimismo, no debe olvidarse que el agustinismo y el tomismo quedarían sin explicación si no se tiene presente la colación cristiana del platonismo y de Aristóteles, verificada en diferentes épocas y contextos, a tenor de distintos fenómenos de recepción y asimilación, siempre en el marco de realidades sociopolíticas peculiares.
Por ello, no hay dudas que las discusiones sustantivas de la teología medieval sobre temas de filosofía práctica son desarrollos que se edifican sobre la base de la herencia de la filosofía clásica griega. Debemos pues, contemplar el efecto de escorzo que ofrece la colación de esta herencia si queremos apreciar con justeza el valor y el sentido de la contribución de San Agustín y Santo Tomás. Esta dirección, sin embargo, no puede ignorar el proceso inherente a la recepción, interpretación, asimilación y discusión de los asuntos que informan la agenda de los grandes paradigmas del Escenario de la Revelación.
En tal sentido, hemos mencionado en la clase anterior algunos de los aportes de San Agustín. Por un lado, la ruptura con la tradición helenística, que se da cuando San Agustín contrasta la filosofía platónica con las enseñanzas de San Pablo y San Juan, orientación que se plasmará en los grandes temas de la filosofía agustiniana: la ley natural como participación de la criatura racional en la ley eterna, la noción de sentido interior, la doctrina de las dos Ciudades, el problema del mal, entre otros. Por otro lado, la conversión al Cristianismo del Santo de Hipona -gracias a la influencia de los sermones de San Ambrosio y de las enseñanzas arriba referidas- quien al tiempo que asume una búsqueda filosófica que es a la vez una búsqueda de Dios, hace una invitación al lector a participar de esta búsqueda, a compartir el diálogo con el Creador: comprender para creer, creer para comprender.
Luego de San Agustín, no puede ignorarse el aporte de Boecio, a quien se debe el planteamiento del problema de los universales, que no es sino el eje temático del pensamiento de la Escolástica y que constituirá un tema de debate muy frecuente en la Baja Edad Media. También se debe a Boecio una de las obras más estudiadas desde el siglo IX al XV, una meditación poética y filosófica llamada Sobre la consolación de la filosofía que es clave en el contexto del platonismo medieval. Asimismo, es Boecio el primero que elabora la noción de persona -la persona es una sustancia individual de naturaleza racional- que, aunque orientada a la reflexión sobre la doble naturaleza de Cristo -humana y divina-, es el antecedente del tema y la problemática de la individuación jurídica.
La cultura propiamente medieval es paralela a los cambios políticos, económicos y sociales que se suceden en la Europa posterior a la caída del Imperio Romano de Occidente, en un contexto en el que va desapareciendo la ciudad antigua y en el cual se suceden reinos autónomos así como invasiones, antagonismos y conflictos que conducirán a Occidente a un desorden generalizado que, a la postre, producirá la atomización del territorio europeo en nuevas unidades de dominación territorial -los feudos- y dará lugar al surgimiento del orden feudal.
A medio camino entre el fin de la antigüedad y el surgimiento de las ciudades medievales en los siglos XI y XII se produce un acontecimiento cultural que no podemos dejar de tener en cuenta: el Renacimiento Carolingio. Si este fue o no un renacimiento en el sentido cabal de la palabra, es algo que no trataremos en este lugar. Conviene, sin embargo, destacar los rasgos positivos y negativos que permitan formarnos una idea de la atmósfera intelectual de la época.
En primer lugar, debe tenerse presente la reforma de Carlomagno (768) a tenor de la cual se buscaba reorganizar la enseñanza y que culminó con la reforma de la orden benedictina (817), clausurándose las escuelas exteriores de los monasterios, cuya enseñanza, impartida bajo los Merovingios a los niños de los campos aledaños, había caído en una completa decadencia. Se produce más que un desplazamiento de la enseñanza: el reemplazo del destinatario de la misma y del contenido de la educación. Es un renacimiento para proveer a la monarquía clerical carolingia de funcionarios políticos y administrativos, un renacimiento orientado al reclutamiento de hombres funcionales al objetivo de dirección de la monarquía y de la Iglesia.
En segundo lugar, hay que considerar el rol subordinado de la obra intelectual en una época de escasa circulación de los libros. En el contexto del llamado Renacimiento Carolingio, el libro es un símbolo de prestigio o poder, o es un bien económico. En todo caso, los libros no están para ser leídos. No poseen un valor espiritual o intelectual. Se encuentra en ellos, en su contenido, la afirmación de la vasta tradición grecolatina, de la superioridad de sus enseñanzas, pero sin crítica ni imaginación creadora. Los monjes que los escriben en las scriptoria de las abadías no están interesados en el contenido de los libros. Más bien, su preocupación finca en el perdón de los pecados, ya que cada letra, palabra o frase bien escrita significa años remitidos de permanencia en el purgatorio. La obra intelectual es obra de penitencia que les valdrá el cielo.
En tercer lugar, debe reconocerse en el Renacimiento Carolingio la tendencia hacia el atesoramiento, que -por obra de una generosidad involuntaria o no- ha permitido preservar muchas obras importantes Aunque, hay que decirlo, estas obras serán conocidas, comprendidas y valoradas no antes del siglo XII. Así pasará con la mente más lúcida de la época carolingia, Juan Escoto Erígena, y con los libros escritos en los scriptoria carolingios.
Daro Esquivel


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