Antiguamente se creía que el orden social y las leyes pertenecían a la naturaleza. En efecto: dice Heráclito que todas las leyes humanas se nutren de la única ley divina. El fragmento atribuido por Stobeo al efesio (Flor., I, 179; DK: 114) dice así: Los que hablan con inteligencia es menester que se fortalezcan con lo que es común a todos, así como una ciudad con la ley. Pues todas las leyes humanas son alimentadas por la única ley divina: ésta, en efecto, impera tanto cuanto quiere, y hasta a todas las cosas y las trasciende.

 

Pero la mentalidad griega, ejemplificada en la sentencia de Heráclito reproducida en el párrafo anterior, cambia a tenor del encumbramiento de Atenas, al convertirse en la principal potencia militar marítima de Grecia luego de la guerra con los persas. La expansión comercial de Atenas y el valor de la moneda ateniense en los mercados del mundo antiguo hacen de esta ciudad la más importante de mediados del siglo V, esto es, en la época de Pericles. Más es preciso referir el proceso político de esta ciudad en el plano interno para dar cuenta del cambio de mentalidad y de sus alcances.

 

Porque una cosa es el nivel de las preocupaciones intelectuales y otra el nivel de la vida material de la época, distinción que creo pertinente para no caer en la ingenuidad de idealizar las épocas de mayor florecimiento intelectual. Echemos un vistazo, por ejemplo, a la época de los Borgia, Sforza o Malatesta, a aquella Italia de los principados teñidos de sangre y excesos que tan bien testimonia Burckhardt en su maravillosa obra -de obligada consulta- La Cultura del Renacimiento en Italia. Esa Italia produjo los Vasari, los Da Vinci, los Miguel Ángel...

 

Lo demuestra el proceso griego: en la Grecia clásica, el momento de mayor crisis social, política y moral de su historia constituye precisamente el escenario en el cual se debaten los asuntos más relevantes en cuanto hacen al derecho y la justicia, especialmente el problema de la injusticia y el derecho del más fuerte. Y ese escenario es la Atenas de mediados y fines del siglo V.

 

Según nos informa Jacqueline de Romilly (La ley en la Grecia clásica, ed. Biblos, 1era. ed. Buenos Aires, 2004, p. 16-18) en Atenas el primer nombre dado a las leyes era thesmos, palabra ligada al verbo que significa asentar, instituir. El paso de thesmos a nómos se produce a fines del siglo VI o comienzos del V y ello autoriza a pensar que se encuentre asociado al advenimiento de la democracia, probablemente con Clístenes hacia el 507-506. El nómos se volvería, además, el símbolo de la oposición contra la tiranía a favor de la democracia y asimismo la lucha contra los bárbaros en función del ideal de una vida civilizada, identificada con el ideal del gobierno de la ley.

 

Habría que agregar que la constatación de la diferencia entre los diversos nomoi, producto de la expansión militar y cultural de Atenas, no sólo puso de manifiesto la fuerza social de estos ideales sino también ayudó a sembrar conciencia en los griegos de la relatividad de las instituciones sociales. Al descubrir la diversidad de usos y costumbres en el contacto con otros pueblos, los griegos se volvieron más sensibles que otros a la variedad de los nomoi. Este es uno de los factores que conduce a la idea de la relatividad de la ley, el quiebre de la inmutabilidad asociada a su sentido tradicional.

 

Por ejemplo: en el historiador Herodoto se evoca la idea para invitarnos a ser tolerantes con los nomoi ajenos. Pero la relatividad, más que a la tolerancia postulada por Herodoto, debe su importancia -como ya dijimos- a la creciente crisis moral que acontece en Atenas en el siglo V. En esta época, a raíz de la consolidación de la democracia y la consiguiente liquidación del dominio de la clase aristocrática, se produce el ascenso de la clase -hasta entonces postergada- de industriales y comerciantes, lo cual genera un desajuste en los tratos humanos, hasta entonces aparentemente inalterables. Ello también contribuye a la pérdida de fe en la pertenencia del nómos a la physis.

 

En los círculos filosóficos la transformación social acontecida en el  siglo V lleva a la progresiva separación entre physis y nómos, que se expresa en fórmulas como la que consiste en afirmar que lo justo no lo es por naturaleza, sino según el nómos. En el Teeteto de Platón, Sócrates le atribuye a Protágoras el criterio conforme el cual en política todo lo que cada ciudad crea y establece como ley es verdad para sí misma; y en este sentido, no existe superioridad de sabiduría, ni de individuo a individuo, ni de ciudad a ciudad.

 

En Hipias, la idea se aplica para negar todo tipo de distinción entre los hombres, aunque no -desde luego- en el sentido que le atribuye cierta corriente que pretende hacer de los sofistas defensores de la "sociedad abierta". Porque de la constatación de que todos los hombres posean características anatómicas iguales no se infiere la igualdad política ni la condición ciudadana. Reconocer en el nómos una creación contingente u ocasional -y por lo tanto arbitraria, de los hombres- no significa tomar partido por una concepción "abierta" de la política.

 

En Antifón, por ejemplo, se advierte la formulación de una relación antitética, cuando dice que la observación de la justicia es totalmente conforme al interés del individuo si está en presencia de testigos, que respete la ley; pero si está solo y sin testigos, su interés es obedecer a la naturaleza. Pues lo que es de la ley es accidente, lo de la naturaleza, necesidad. Lo que es de la ley, es establecido por convención y no se produce por sí mismo; lo que es de la naturaleza no resulta de una convención, pero se produce por sí mismo.

 

 

Daro Esquivel