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3 Octubre 2006

El escenario de la revelación (I)

En los artículos dedicados al helenismo -en los cuales debimos (por imperio de la economía y utilidad que entraña nuestra modesta empresa, encaminada a hacer inteligibles los distintos momentos de la filosofía de cara a la reflexión sobre la genealogía del derecho occidental) considerar las peculiaridades del contexto y las circunstancias relevantes para el pensamiento-, dejamos claro que la decadencia de la pólis clásica trae consigo un cambio de rumbo que afecta al conjunto del pensamiento griego.
Pero ello es así porque el nivel más complejo de desarrollo del pensamiento al cual se eleva el genio griego –a partir de Sócrates, y de modo orgánico y programático con Platón y Aristóteles- establece una visión diferente y superadora de la que ofrece el pensamiento anterior. Contra la cosmología, subraya la futilidad de la especulación sobre la arkhé (ante el dilema del movimiento de la materia primordial); y, consecuentemente, su inutilidad para dar cuenta del conocimiento de la pauta orientada al control de la acción humana en dirección a la conducta apropiada. Contra el parmenidismo, ofrece una epistemología positiva que –al distinguir los distintos niveles que ofrece la realidad- resuelve el problema del rígido dualismo que justificaría (por reducción al absurdo) el axioma de la sofística conforme al cual si de algo pudiera afirmarse su existencia, esto no podría ser conocido y, menos aún, comunicado (y por lo tanto –agregamos nosotros- serían indiscernibles las pautas para la conducta apropiada). También aquí, la esfera de lo humano quedaría relegada al plano impensable de la ignorancia.
La polifónica realidad de la vida experimentada por el hombre, inexplicable en función de la cosmología (más que como efluvio de la justicia universal y cósmica, y por tanto, inescrutable) y de la crítica eleática (más que como absurdo y apariencia), encuentra una respuesta positiva justo en el momento en que se resquebraja la plataforma vital que da sentido al ideal de la vida virtuosa y a la conducta apropiada. La idea de las ideas, el Bien, es una experiencia de ascenso –en cuanto programa de apropiación de la realidad- pero asimismo una misión de descenso que anatematiza la mera contemplación en tanto actitud conformista del sabio. Este es el sentido de la filosofía práctica clásica, que florece justo cuando se produce el comienzo del marchitamiento de la pólis.
El verdadero déficit del eleatismo es este ofrecimiento incondicional a una teología del ser que descarta la physis –y, en articular, la physis humana- como incumbencia digna del pensar. A partir de las alturas del ser absoluto, no hay descenso posible más que como un extravío en el camino de la ignorancia. Más la ignorancia es el verdadero desafío del filósofo socrático y la ampliación de su horizonte no es sino un descenso hacia la exterioridad que revela la necesidad de elucidación de la acción correcta. Sin embargo, cuando se descubre este camino, ya es tarde para la pólis griega. Las desventuras platónicas narradas por el mismo Platón constituyen el corolario de una secuencia de decepciones donde no se oculta que en aquel tiempo las poleis griegas se encontraban mal gobernadas.
Cuando finalmente desaparecen las póleis, para dar lugar al imperio universal de Alejandro y, luego de su muerte, al surgimiento de ciudades helenizadas, reinos, tiranías y agregados diversos, la libertad política –tan bien caracterizada en el Critón de Platón- desaparece como ideal de participación política (el núcleo de la definición aristotélica del zoon politikón y la clave para la comprensión de la politiké koinonía). Una koinonía universal no tiene como respuesta sino el retraimiento, una suerte de descenso hacia la interioridad excluyente que se desprende del modelo del sabio cosmopolita.
La idea del Bien pierde su faz metaética para trocarse en actitud individual. Sin embargo, lo que se pierde bajo las ruinas de las póleis, se recupera y reformula a instancias del encuentro crucial de dos culturas posibilitadas por la expansión del helenismo hacia Oriente: la paideia griega y el judeo-cristianismo.
Hay que subrayar, consecuentemente, la disociación entre vida activa y vida contemplativa como una de las consecuencias más importantes del período helenístico. En el próximo período ambas dimensiones vitales confluirán en la labor misional de los primeros cristianos, pero con un sentido completamente diferente, con características propias que dimanan de la inteligencia a partir de la cual se entiende la relación entre en hombre y el orden revelado por Dios.
Ya a fines del siglo III a. C., algunos griegos reconocen en los judíos a la “raza filosófica”. Las últimas doctrinas de Platón y la primma philosophia aristotélica –precedidas por una tradición que arranca probablemente de Jenófanes de Colofón, el órfico-pitagorismo y el eleatismo- constituyen una crítica al politeísmo que se pronuncia a favor de un Dios único, de un motor inmóvil, y, en suma, de un corpus que podrá ser colacionado –no sin dificultades- en la tradición del judeo-cristianismo. El desarrollo de la filosofía helenística –especialmente el que se pone en marcha con el estoicismo- en orden a la postulación del lógos divino como matriz de inteligencia de la realidad (y, en particular, de la teoría del derecho natural) va a facilitar esta fusión, especialmente, a partir de la obra de Cicerón.
Y nos referimos a Cicerón, porque es la fuente en la que abreva el más importante de los filósofos del fin de la antigüedad –que produce su vasta obra en plena cesura de la misma en tránsito a la Edad Media-: San Agustín de Hipona.
En efecto, el joven Agustín, despierta a la filosofía con el “Hortensius” de Cicerón (diálogo hoy perdido), aunque su búsqueda lo aleje del cristianismo materno, lo conduzca al maniqueísmo y luego lo lleve a su conversión hacia el 386. Pero para llegar a San Agustín, debemos previamente echar una mirada a los apóstoles, a los primeros cristianos y al fenómeno crucial que hace al encuentro de la paideia griega y la religión cristiana. Para esta tarea, que será abordada en los artículos posteriores, vamos a tomar en consideración varias fuentes –particularmente la Biblia y el criterio de Jaeger, que consideramos fundamental en este punto-.

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Sobre mí

Mi nombre es Daro Esquivel. Me dedico al ejercicio de la abogacía en Corrientes, Argentina. No sólo ejerzo la profesión, sino que además soy profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional del Nordeste (Jefe de Trabajos prácticos de la Cátedra de Filosofía del Derecho del Dr. Meabe). Concebí este blog como un espacio de debate sobre Derecho, pero también sobre música, cine y otros intereses. Sean bienvenidos. Creative Commons License
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